Vuelo 5J7522

La sensación de abandono es brutal. El taxi arranca y veo pasar Saigón como si mirase una pantalla de cine, ajena por primera vez y consciente del final de una época. Tengo el adiós de Leon, su último guiño, clavado en la memoria, y es que después de pasarme 15 días sin despegarme de él, le considero un hermano.  Hace menos de dos horas le decía adiós a Kajsa y a Caroline. Anteayer, Eveline cogía su avión de vuelta a Amsterdam.

Me he dado cuenta de que lo más importante del viaje no son los lugares ni las fotos ni los kilómetros andados, sino la gente que los camina contigo. Sin ellos estos últimos diez días habría sido un depósito de insatisfacción. Y sin embargo estoy ahora sentada en el aeropuerto pensando en ellos y siento una alegría enorme porque empiezo a ser consciente de esta nueva dimensión del viaje, que ni siquiera había tenido en cuenta cuando salí de Madrid hace 22 días. Por entonces mis expectativas de viajar en solitario eran: una libertad sin límites, conversar con cualquiera, ver cada día un rostro nuevo, no tener horarios ni planes. Y sin embargo, y a pesar de haber tenido todo ello, he descubierto que me he sentido más feliz, más completa compartiendo con la Familia en Ruta todas estas experiencias. Es curioso: la misma gente que conocí en Hanoi, aquellos primeros días, ha ido encontrándose conmigo a lo largo del camino. Vietnam me parecía entonces un pequeño pueblo donde todos se conocen, al caminar por las calles de Saigón y saludarme con gente, o al pedalear por el Delta del Mekong y de repente casi chocarme con aquella pareja española tan valiente  (meses y meses viajando en moto por el Sudeste, con meta final en Indonesia).  Aunque apenas nos hayamos conocido en profundidad esas personas han llegado a convertirse en una especie de hermandad con doble dirección: hacia el norte, hacia Hanoi y las montañas, o hacia el sur, hacia el Delta y Camboya,; pero sobre todo con un objetivo común: hacerse uno con el mundo. Cada uno de nosotros tenemos diferentes razones para ponernos a caminar, pero la sensación, cuando se comparte con otros viajeros, es la misma. De plenitud.  De vivir solo en el presente.

Una cenita en familia en Dalat

los chicos Irish jugando

Cada dos minutos encontrábamos nuevos amigos, amigos de otros o gente de la que te suena la cara. En Saigón nos juntamos todos.

Ahora, mientras sobrevuelo todas estas islitas filipinas que son un paraíso (es la Tierra Prometida) pienso en ese cruce de caminos que tuve la suerte de vivir y me acuerdo de:

–          La cena de Friday’s de regalo en Moscú con Rachid, y volver a encontrarnos en Ninh Binh por casualidad.

–          La noche del tren a Lao Cai con un gran grupo de españoles, americana, francesa y australianos. Y mucha Bia Ha Noi.

–          Caminar en la oscuridad más absoluta con Andrew en las aldeas de Sapa.

–          El primer miedo a cruzar Hanoi en moto, con Robin a mi espalda y sentir su tensión crecer.

–          El helado con Thuy a orillas del lago Hoam Kiem.

–          La preciosa noche estrellada con Leon y Lone en Halong. La sensación de paz. La primera certeza de no ser la única viajera solitaria en el mundo.

–          La charla con los alumnos de Florida. Mentes maravillosas.

–          Las cenas con Leon a orillas del Thu Bon en Hoian. Los faroles iluminándolo todo.

–          Las fiestas de Nha Trang. El inicio de la familia en ruta. El “Snap” de François.

–          Una party-boat en la que solo fui espectadora pero que disfruté como nunca gracias a los chicos Irish.

–          La lluvia de Dalat con Kajsa, Eveline y Leon.

–          Los últimos días en Saigón, donde finalmente nos reunimos todos aquellos que nos habíamos conocido en el camino: la familia, los chicos Irish, Bryan, los chicos Snap, y nuevas caras: Caroline,Dustin, Nils, Lennart, Pedro, y muchos más.

–          Bailar salsa  y riverdance con Eannan Deep Blue Eyes. Sentirme feliz al amanecer. Desayunar hasta no poder más.

 

Adiós Vietnam y hasta la vista a todos :)

Por el momento, sigo en Filipinas con la familia de siempre:Cuando estamos todas juntas tenemos el llamado “efecto animadora”: demasiadas chicas juntas y todas iguales. En una de las islitas de El Nido, Filipinas o la Tierra Prometida.

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4 Comments

  • Al viajar solo uno siempre busca reemplazar el afecto familiar de alguna manera, Es hermoso que hayas logrado hacerte de un mundo nuevo de amigos y afectos que recordarás por mucho tiempo. Me emocionó esta entrada y me recordó de tanta gente que he conocido en el trayecto y guardo en mi corazón. Como dice el tattoo de una gran amiga “yo soy parte de todo aquello que he cruzado en mi camino”

    Abrazo!

    • Hola Ailin! Vi tu blog pero no me deja comentar, serán cosas de WordPress. Siigue manteniéndolo así, espero que ambas aprendamos a gritarle al mundo lo que vivimos y pensamos con tantas ganas como ahora! Por dónde andas ahora? Me siento muy identificada con lo que escribes sobre tí! Un abrazo, nos leemos!!

  • Me acabas de recordar el final de la peli “La Playa” cuando Di Caprio se sienta en el aeropuerto y se da cuenta que ya nada volvera a ser como esa vez, podra ser mejor o peor pero nunca igual. Supongo que es lo “bonito” de este tipo de viajes.

    En fin, sigue disfrutando y contandolo que por alguna extraña razon siento placer (llamese envidia) al leer tus relatos, jajaja.

    Saludooos

    • Es que La Playa en el fondo encierra un montón de enseñanzas, verdad? Es una de las cosas en las que más pienso: que una primera vez siempre será única, y que todo lo que venga después solo seré una repetición eterna de un momento auténticamente nuevo. Me imagino que cada primera vez es un simple hilo en un telar y en la medida en que vivimos, tejemos nuestra propia historia.
      Gracias por pasarte y comentar! Me alegro de que disfrutes leyendo. Un saludo viajero! Nos leemos!

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