Yananti. Ollantaytambo

Heinz Fischer

Hay una necesidad de libros de poemas en esta habitación. Sigo repasando la ciudad en busca de una palabra que prenda este fuego: no es el mío sino el fuego antiguo de todos los que dijeron bruma antes que yo. Después de un tiempo entre los incas he entendido: son una mentira mitológica, no pudo ser que existieran y desaparecieran entre la sangre. Son una mentira mitológica porque los chavín, los pucará: todos aquellos fueron sus padres y si algo se llamó en llamarlo inca fue solo por la plenitud de sus piedras sobre el río. Tengo que escapar para escribir, yo ya sé cuál es mi virus: actualizar una vez tras otra la página de facebook  para descubrir, después de todo, que ni siquiera me excita la idea de vivir tan fuera de mi cuerpo. Tengo apologías de carne en la cabeza: quiero desterrar todo ese mundo de este mundo.

Las últimas noches dormimos abrazados o tal vez fue él quien me abrazaba a mí sin que yo pudiera decir: hazlo.

Fernández de Córdoba ya no me molesta en esta nueva habitación al patio: es en la del final, en la de la esquina que por las noches tengo náuseas porque sé: está presente. Otra vez le cuento la historia a los extraños que recién llegan a la casa y no por infundir el miedo sino como forma de presentación de los presentes: hubo un señor español, el dueño de toda la cuadra, y se dice que sus hermanos lo dilapidaron para quedarse con sus bienes. El esqueleto fue encontrado bajo el suelo del patio, antiguas caballerizas. La cabeza ahora anda empalizada en la pared, donde la guardó R, el custodio, el que de camino al hospital me cuenta de los documentos que nunca llegó a ver y donde se especificaba: “esta es la cabeza de Fernández de Córdoba, señor español, protegido del Virrey de Lima, y con la casa ha de permanecer hasta los últimos días de este mundo”.

Entonces, en la última habitación al patio, cada vez que salía a la noche, escuchaba el siseo de las ropas invertebradas del señor Fernández de Córdoba, o tal vez fue una imaginación irrigada de fantasías en la niñez por las causas del jugar a solas. Lo que sí es cierto es que desde la noche en el Cotopaxi cuando las plantas hablaron con los hombres en luna llena, he descubierto cuál fue mi regalo de san pedro: los lugares me hablan a mí constantemente de las cosas antiguas, me dicen de las muertes sobre todo, pero también de otros síntomas energéticos: los cambios en la posición de la Tierra o el descubrimiento de estrellas voladas y tengo que emplear la arqueología astronómica para descubrir los signos.

Conexiones con la Luna y por eso en menguante yo disimulo el hambre, las ganas de abrazos, disimulo los aromas propios. Mermo. Hay un templo, y es sacrílego decirlo, pero es mío. Cuando A y M nos llevaron allí por primera vez y sonaba la quena bien arriba yo necesité poseer esa masa de roca jaspeada, necesité que fuera ella quien me poseyera a mí: fundición de dos metales. En el templo de la Luna, allí en Saqsa, el olor a palosanto y a pelo de llama hablaba de sacrificios antiguos. Sobre las superficies limadas en roca cuánta sangre. En Pumamarca, cuando comenzó la lluvia, un aviso: no era el momento ni el lugar de conocer la complejidad de las estructuras sintácticas del quechua ni de las rocas sísmicas. Montamos a horcajadas sobre los caballos –Napo dulce, aterrorizado a mitad de camino por los precipicios y los motores; yo también tengo esos miedos– y nos marchamos de allí y entonces se detiene la lluvia y nos deshacemos de nuestros buzos de plástico y continuamos a pie.

Ahora vuelvo a Ollantaytambo a solas. Se funde la música porque tomé la ruta larga para llegar y poder ver las Montañas sin preocuparme de los ritmos de las curvas. Vuelvo al antiguo hogar y también a tocar la puerta de A en la calle como un riachuelo. De la primera vez recuerdo algunas cosas como el sabor de la quinua recién conocida y un templo taita arriba de la roca. ¿Cómo se movió hasta donde se encuentra ahora toda esa mole de piedra enorme? Eso nos preguntamos y seguimos subiendo por entre las piedrecillas hasta la cúspide. Entonces A nos entrega tres hojas de coca y nos envía a hablar con los dioses al muro de piedra tallada. Con vuestro aliento, ellos escuchan, dice. Por eso regreso a Ollanta y no a Chinchero o a Pisaq o ni siquiera a Abra Malaga donde residen los espíritus en las lagunas verdes: hay unas ruinas de una casa totémica entre el maizal y las siento como el templo de la Luna, un lugar donde yo ya he habitado aún a solas. Los bueyes me saludan al pasar y recuerdo al búho que ulula todas las mañanas a las nueve: he de reconocer que tengo amigos en roca y en pluma y en cuero y que el género humano hace ya un tiempo que se ha limitado a lo de afuera. Con los caballos no tengo que hablar porque ellos sienten –como sentía Napo, y también los pobres famélicos de camino al maizal, todos con las costillas salientes- las cosas que yo quiero transmitirles. No saber el nombre de mi caballo es un acto grave: exactamente el mismo que montarle sin haberle preguntado si le apetece llevarme a cabalgar por el valle sagrado de los incas.

Poseo una habitación con vista a Yananti, la montaña duplicada, la montaña comprometida consigo misma como se comprometen los desnudos con sus dos sexos en los relatos de Evelio Rosero Diago. De camino a Ollanta me van naciendo el recuerdo de algunas palabras que aprendimos entre Pachar y Ollanta la última vez y me atrevo a nombrar al río Urubamba por su verdadero nombre: Wilkamayu. Fluye tan veloz, tan color terráqueo. Me encierro en una habitación porque mi plan no era este sino otro: iría donde la mamita a comer un pollo broster porque la última vez nos dejó apagar las colillas de los cigarros en un vaso con flores y nos sonrió al despedirse, pero es domingo y las persianas permanecen cerradas para todos, incluso para los anárquicos turistas que llegan en los días feriados. Gracias a los dioses hay una Montaña padre y aún me protege desde lo alto: en su vientre encierra los almacenes de grano y en una de sus aristas encuentro la cara de un anciano. Todas las Montañas son así: en su interior, que conecta con el centro profundo de la Tierra, permanecen los espíritus de los abuelos que, en lugar de emprender su regreso a las estrellas con la muerte, quedaron velando por sus hijos y los hijos de sus hijos y por el sabor del maíz blanco gigante ahora que tuvieron que sacar al santo porque hacía ya que no llovía un tiempo y, para reírse, supongo, envió el cielo un granizo que dejó las hojas del maíz temblando.

he vuelto

aunque la última vez

hubo lluvia y luna disputándose el cielo

y hubo historias

como ésta:

Un día llegó al Valle Sagrado una mujer muy hermosa. Tenía no sólo los ojos, sino también la tez y el cabello de color verdoso. Su enorme atractivo, en poco tiempo, hizo que los hombres de los pueblos del valle se quedaran prendados de ella y la mujer, que se llamaba Cuca, correspondía a todos ellos: era fácil encontrársela haciendo el amor con algún hombre entre los maizales, bajo los árboles frondosos o en las cuevas de la montaña. La mujer, sin embargo, nunca se enamoraba de sus pretendientes aunque todos ellos intentaron casarse con ella.

El sacerdote, al enterarse de las aventuras de Cuca con los hombres de la región, se hizo ver con el Inka y le explicó el problema. El Inka mandó a buscar a la mujer y sus guardias no tardaron en dar con ella. Llevaron a Cuca ante él y éste, sin poder evitarlo, como tantos hombres antes que él, se enamora de ella. El Sacerdote, al tanto de la situación, impone al Emperador ante los dioses la necesidad de elegir:

 –O la mujer o el Imperio.

El Emperador, entristecido pero ferviente en su tarea de mandatario, hace matar a la mujer y sus súbditos la entierran en los cuatro puntos cardinales del templo de la Luna.

Tiempo después, el Sacerdote pasea alrededor de este mismo templo y encuentra que en uno de los puntos donde la mujer fue enterrada ha brotado una planta. Confuso a la vez que enfadado, arranca algunas de las hojas de la planta y las lleva ante el Inka. Al verlas, el Inka reconoce en la textura de las hojas la tersura de la piel de su amada; en el color verde y brillante de las hojas, los destellos de los ojos y del cabello de la mujer; incluso, en su aroma, reconoce aquel olor que tanto amó y sin poder evitarlo, se lleva las hojas a la boca y las saborea despacio. El placer es tan enorme, que en un acto de amor hacia su pueblo instaura la tradición de mascar hoja de coca como símbolo de alegría, de voluntad, de trabajo, de unión. Desde entonces, la carne de la hoja de coca es el alimento del pueblo: hombres y mujeres la mascan día tras día desde hace muchos siglos en honor a aquella mujer que supo conquistar a todos los hombres de la Tierra.

***

Pero lo cierto es que en Ollantaytambo solo importa la hora en la que cae el sol:

los perros y los niños se hacen con las calles

hay ríos de agua pura entre los muros de roca

y el padre Montaña

nos abriga

y por la noche a solas

suena tan fuerte el susurro

de los espíritus

del maíz con viento

suena tan fuerte

el susurro de los bueyes y

un ave quedó prendido de la cornisa

y la habitación que mira a la Montaña abrir sus piernas

y entiendo:

todo este viaje es en busca de hogar

con fuego, sin muros, con música dulce

todo este viaje es con los pies descalzos

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